La Hna. Jannifer Hiuhu sirve papillas nutritivas a los niños fuera del convento de las Hermanas del Verbo Encarnado, en el norte de Kenia. Para muchos alumnos de la escuela primaria de la congregación, el programa "Gachas para el desayuno" es su única comida del día, en una región marcada por la prolongada sequía y la búsqueda de pastos por parte de familias nómadas. (Foto: GSR/Wycliff Peter Oundo)
Antes de que el sol salga por completo sobre esta región del norte de Kenia, el suelo ya está seco, agrietado e implacable. Amina Guyo, de 40 años, sale de su casa de paredes de barro y otea el horizonte en busca de algún signo de alivio. No hay ninguno. La tierra bajo sus pies se ha endurecido y convertido en arcilla agrietada, partida por meses de sequía implacable.
Carga dos bidones amarillos en la espalda de un burro y comienza la larga caminata hacia el punto de agua más cercano, a casi 14 kilómetros (8,68 millas) de distancia. Es un viaje que realiza varias veces a la semana, a veces todos los días en las peores épocas de sequía. Cuando regrese, el sol estará alto, el calor será agobiante y el agua que lleva deberá durar a su familia hasta que pueda volver a hacer el viaje.
"Esta tierra solía alimentarnos", dice Guyo, madre de cuatro hijos y miembro de la comunidad nómada de la región. "Ahora apenas nos permite sobrevivir", apunta.
Perros callejeros se alimentan del cadáver de una vaca en el norte de Kenia. (Foto: Pius Artbeat)
Durante generaciones, su familia dependió de las lluvias estacionales y de las tierras de pastoreo para mantener su ganado. Hoy en día, esos ritmos se han colapsado. Las sequías duran más tiempo. Las lluvias llegan demasiado tarde o no llegan en absoluto. La tierra que antes sustentaba a comunidades enteras se ha vuelto cada vez más hostil para la vida.
Mientras familias como la de Guyo luchan por sobrevivir, su realidad cotidiana se cruza ahora con la diplomacia climática mundial, a pesar de que los líderes mundiales se reunieron el pasado mes de noviembre en la COP30 en Belém, Brasil, para debatir cómo responder a la crisis que está transformando la vida en toda África.
En Marsabit y los condados vecinos, las hermanas católicas y los trabajadores parroquiales suelen ser los primeros en responder, organizando distribuciones de alimentos, apoyando proyectos de agua, ofreciendo asesoramiento para traumas y defendiendo la justicia climática mucho más allá de sus parroquias.
Las hermanas Aquilina Munyao y Jannifer Hiuhu inspeccionan un pozo que la Iglesia perforó para la aldea de Rotu, en el norte de Kenia. La comunidad protege y mantiene el pozo, la única fuente de agua para las familias y sus rebaños. (Foto: GSR/Wycliff Peter Oundo)
En todo el norte de Kenia, las hermanas dicen que están viendo niveles de hambre y desplazamiento que van mucho más allá de lo que las comunidades locales pueden manejar por sí solas.
"Vemos a mujeres que caminan más lejos para conseguir agua, a niños que abandonan la escuela y a familias que pierden el último de sus animales", dice la hermana Jannifer Hiuhu, de las Hermanas del Verbo Encarnado, quien trabaja en las regiones nómadas afectadas por la sequía del norte de Kenia.
Hiuhu y otras hermanas viajan regularmente largas distancias para entregar raciones de comida, organizar programas de alimentación comunitarios y apoyar a las familias desplazadas por la sequía y los conflictos. En algunas aldeas, las hermanas proporcionan gachas [papillas nutritivas] diarias a los niños y alimentos de emergencia a los hogares que han perdido sus animales, a menudo la única fuente de ingresos y nutrición.
Hiuhu señaló que la pérdida del ganado despoja a las familias de todo su modo de vida de golpe, dejándolas sin alimentos, sin ingresos y sin ningún tipo de seguridad; y puntualizó que como hermanas, su misión es permanecer al lado de las familias en crisis, recordándoles que no están solas en su lucha por sobrevivir.
La religiosa explicó que la magnitud de las necesidades ha aumentado a medida que las sequías se han vuelto más largas y severas, agotando los ya limitados recursos de la Iglesia local.
"Ahora respondemos a emergencias casi todas las semanas. Lo que estamos viendo no es solo un problema humanitario. Es un problema climático", afirmó.
Promesas y límites
Mientras Guyo caminaba en busca de agua, líderes mundiales, científicos y defensores se reunían a miles de kilómetros de distancia, en Belém (Brasil), para celebrar la 30.ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP30). La cumbre, celebrada del 10 al 21 de noviembre de 2025, se anunció como un punto de inflexión en la respuesta mundial al cambio climático.
Celebrada en la Amazonia brasileña, una región a menudo descrita como "el pulmón del planeta", la COP30 tuvo un enorme peso simbólico. Hermanas religiosas, obispos, sacerdotes y líderes laicos católicos se unieron a las conversaciones, enmarcando la acción climática como una responsabilidad tanto moral como espiritual.
"Las personas a las que servimos ya están en modo de supervivencia. Para ellos, el cambio climático no es una teoría. Es hambre, desplazamiento y enfermedad", indicó la hermana Immaculate Tusingwire, miembro de las Hermanas de la Misión Médica de Uganda, quien asistió a la cumbre.
El presidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva saluda al presidente del Gobierno de España Pedro Sánchez, el 7 de noviembre de 2025, mientras ellos y otros delegados que asisten a la Cumbre del Clima de Belém se reúnen para una foto de familia en Belém, Brasil, antes de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP30), que se celebra del 10 al 21 de noviembre. (Foto: OSV News/Reuters/Adriano Machado)
Había grandes expectativas de que los Gobiernos se comprometieran a tomar medidas audaces, en particular para eliminar gradualmente los combustibles fósiles, el principal impulsor del calentamiento global. Pero a medida que avanzaban las negociaciones, esas esperanzas se desvanecieron.
El resultado final, conocido como el 'paquete de Belém', incluía compromisos para triplicar la financiación de la adaptación para 2035 y establecer un mecanismo de transición justo, destinado a apoyar a los trabajadores y las comunidades afectados por el abandono de los combustibles fósiles. Sin embargo, el acuerdo no llegó a comprometerse con la eliminación gradual de los combustibles fósiles a nivel mundial, una demanda defendida desde hace tiempo por los científicos, las naciones vulnerables al clima y los líderes religiosos.
"Mi mayor expectativa era que finalmente viéramos un compromiso claro y vinculante para abandonar los combustibles fósiles", dijo Tusingwire y agregó: "Eso no sucedió. Y sin eso, todo lo demás parece un retraso".
La delegación católica en la COP30 fue la más numerosa que ha habido nunca en una cumbre climática, lo que refleja el papel cada vez más importante de las congregaciones religiosas en la defensa del clima a nivel mundial.
"El cambio climático no es solo una cuestión medioambiental. Es una crisis moral. Cuando las personas pierden sus tierras, sus hogares, sus medios de subsistencia, se convierte en una cuestión de dignidad humana y justicia", afirmó Gina Castillo, asesora sénior de política climática de Catholic Relief Services.
Castillo indicó que las comunidades religiosas aportan una perspectiva basada en una presencia a largo plazo. Acompañamos a las comunidades antes, durante y después de las catástrofes. Eso nos otorga la responsabilidad de hablar en su nombre en las mesas globales", dijo.
Para hermanas como Hiuhu, esa defensa se basa en lo que ven a diario: familias que llegan hambrientas a los centros misioneros, niños que se desmayan en la escuela y mujeres que caminan durante horas para encontrar agua.
"No podemos rezar para que llueva e ignorar las políticas que están empeorando la situación. La fe nos llama a hablar cuando los sistemas fallan a los pobres", manifestó Hiuhu.
Activistas por la justicia climática exigen con pancartas que las naciones ricas cumplan sus compromisos de financiación climática durante la conferencia sobre el clima COP27 de 2022 en Sharm el-Sheikh, Egipto, y piden asunción de responsabilidad y apoyo para los países que soportan la peor parte del cambio climático. (Foto: GSR/Doreen Ajiambo)
La carga desigual de África
África produce entre el 2 % y el 3 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, pero se enfrenta a algunos de los efectos climáticos más graves. La infraestructura limitada, la pobreza generalizada y la dependencia de la agricultura de secano [sistema agrícola que depende exclusivamente del agua de lluvia natural, s La carga desigual de Áfricain utilizar sistemas de riego artificial] dificultan la adaptación sin un apoyo internacional sostenido.
En África oriental, las prolongadas sequías han devastado los cultivos y el ganado. En África meridional, los potentes ciclones han arrasado viviendas y desplazado a comunidades enteras. En África occidental, las lluvias impredecibles amenazan la seguridad alimentaria de millones de personas.
"El cambio climático no es un concepto abstracto para nosotros", afirmó Joyce Mulenga, organizadora comunitaria del sur de Zambia, y puntualizó: "Es hambre. Es perder tu hogar. Es ver sufrir a tus hijos y no saber cómo ayudarlos".
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La comunidad de Mulenga se vio gravemente afectada por el ciclón Freddy, una de las tormentas tropicales más largas de la historia. Las inundaciones destruyeron hogares y tierras de cultivo, dejando a las familias sin nada más que la ropa que llevaban puesta. Las iglesias y los grupos religiosos se convirtieron en refugios de emergencia y centros de distribución de alimentos.
"Seguimos intentando reconstruir. Pero cada año se produce otra catástrofe. Estamos agotados", afirma.
Para los líderes religiosos, la decisión de retrasar hasta 2035 un aumento importante de la financiación para adaptarse a las necesidades fue especialmente preocupante.
"La gente no puede esperar otra década", porque "cada año de retraso significa más hambre, más desplazamientos, más sufrimiento", dijo Antonio Yayrator Korkuvi, responsable de políticas y jefe de la delegación de la Federación Internacional de Movimientos Juveniles Parroquiales Católicos.
Los restos óseos del ganado yacen esparcidos por el suelo reseco del condado de Marsabit, en el norte de Kenia. (Foto: Pius Artbeat)
De vuelta en Marsabit, las hermanas y los trabajadores parroquiales ayudan a las familias a hacer frente a la sequía mediante ayuda alimentaria, proyectos de acceso al agua y apoyo a los pastores desplazados. Pero advierten que las respuestas humanitarias no pueden sustituir al cambio sistémico.
"Estamos constantemente respondiendo a emergencias. Pero sin una acción global seria, seguiremos en modo de crisis para siempre", dijo Hiuhu.
Mientras el sol se pone sobre Marsabit, Guyo vierte el último resto de agua en una pequeña olla para preparar una comida sencilla. No hay electricidad, ni refrigeración ni garantía de comida para mañana.
Ha oído hablar en la radio de conferencias sobre el clima y compromisos globales, pero esas promesas le parecen lejanas de su lucha diaria.
"Oímos a la gente hablar del cambio climático. Pero somos nosotros los que lo vivimos", manifiesta.
Fuera de su casa, el aire se enfría ligeramente al caer la noche. Sus hijos duermen a su lado, con un futuro incierto. Cerca de allí, unas hermanas y trabajadores de la Iglesia se preparan para otro día de visitas a hogares en crisis.
"No sabemos a dónde nos lleva esta vida. Nos acostamos con hambre y nos levantamos sin saber cómo vamos a sobrevivir. Pedimos a las personas de buena voluntad que nos ayuden antes de que sea demasiado tarde", dice Guyo.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente en inglés el 29 de enero de 2026.