Después de dos años de guerra en Ucrania, las hermanas son una presencia constante y acogedora

La Hna. Lucia Murashko, miembro de la Orden de San Basilio el Grande, abraza a una residente de la aldea de Orihiv, en el este de Ucrania, durante una entrega de suministros humanitarios a principios de este mes. (Foto: GSR/Chris Herlinger)

La Hna. Lucia Murashko, miembro de la Orden de San Basilio el Grande, abraza a una residente de la aldea de Orihiv, en el este de Ucrania, durante una entrega de suministros humanitarios a principios de este mes. (Foto: GSR/Chris Herlinger)

Chris Herlinger

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Traducido por Carmen Notario

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A medida que los vientos se acercaban al pueblo de Preobrazhenka, en el sureste de Ucrania, en una tarde clara y despejada a principios de este mes, también lo hacían los sonidos de los bombardeos de artillería.

El ruido, procedente de las fuerzas ucranianas en la línea del frente a unos 8 kilómetros de distancia, no inquietó a los residentes de la pequeña aldea, quienes se han acostumbrado al constante estruendo desde que comenzó la invasión rusa a gran escala de Ucrania el 24 de febrero de 2022, dos años marcados por el terror y la resignación, el desplazamiento y la pérdida.

"No podemos planear nada", dice Inna Sirinok, de 52 años, profesora que vive junto a su marido Yurii, de 55, con unos amigos en otro pueblo, porque la casa de la pareja quedó destruida en una serie de bombardeos en 2023. "Ahora vivimos con miedo, asustados todo el tiempo", contó.

Se trata de los ucranianos más pobres, campesinos que sobreviven cuidando pequeñas parcelas y huertos, criando vacas y gallinas. Sus carreteras están sin asfaltar y llenas de barro. Permanecen donde están porque no ven otra alternativa que quedarse allí y esperar lo mejor: que la guerra termine, que cesen los bombardeos del lado ruso.

"Te acostumbras", dice Yurii y añade: "Lo llamamos el canto de los pájaros". 

Inna Sirinok y su marido Yurii inspeccionan su casa destruida en el pueblo de Preobrazhenka, en el este de Ucrania. "Sinceramente, no tenemos fuerzas para recuperarnos", dijo Sirinok, por la considerable cantidad de daños sufridos en la casa. "Tenemos que empezar de nuevo", añadió Yurii, de 55 años. "No tenemos fuerzas. Somos mayores", apuntó. (Foto: GSR /Chris Herlinger)

Inna Sirinok y su marido Yurii inspeccionan su casa destruida en el pueblo de Preobrazhenka, en el este de Ucrania. "Sinceramente, no tenemos fuerzas para recuperarnos", dijo Sirinok, por la considerable cantidad de daños sufridos en la casa. "Tenemos que empezar de nuevo", añadió Yurii, de 55 años. "No tenemos fuerzas. Somos mayores", apuntó. (Foto: GSR /Chris Herlinger)

A pesar de tales expresiones de ironía, una de las vecinas de los Sirinoks en Preobrazhenka, Tetiana Bilyk, de 33 años, dijo que la guerra ha alterado la visión que el pueblo tiene de la vida misma: "Hemos cambiado nuestra forma de entender el mundo; ahora es muy difícil. Ahora valoramos más que nunca la paz y la tranquilidad".

Y sin embargo, "con la ayuda de Dios, sobrevivimos", dijo.

Esa fuente de esperanza se hace tangible gracias a la presencia de las Hermanas de la Orden de San Basilio el Grande, quienes siguen visitando Preobrazhenka y otros pueblos cercanos al menos una vez al mes, aunque ahora no con tanta frecuencia como durante el primer año de la guerra, cuando ellas recibieron mucha ayuda humanitaria donada que distribuían entre los necesitados.

Pero las hermanas, que viven en la ciudad de Zaporizhzhia, a unos 65 kilómetros al norte del pueblo, siguen siendo una presencia constante siempre bienvenida en un momento en que los ucranianos de pueblos pobres como Preobrazhenka hablan de la importancia de no ser ignorados. A los ucranianos de todos los lugares, tanto de las pequeñas aldeas como de las grandes ciudades, les preocupa que el mundo en general —preocupado por otros acontecimientos globales, como la guerra de Gaza— se olvide de su causa.

"Todos estamos cansados de la guerra. Nuestro primer deseo es la paz", dice la hermana Lucia Murashko, de 49 años, quien junto con la hermana Romana Hutnyk, de 54, repartía paquetes de detergente y artículos de limpieza a los aldeanos de Preobrazhenka. "Pero eso no significa que nos rindamos", añadió. 

Las hermanas Lucia Murashko, izquierda, y Romana Hutnyk, miembros de la Orden de San Basilio el Grande, hablan con un residente de la aldea de Orihiv, en el este de Ucrania, durante una entrega de suministros humanitarios a principios de este mes. (Foto: GSR/Chris Herlinger)

Las hermanas Lucia Murashko, izquierda, y Romana Hutnyk, miembros de la Orden de San Basilio el Grande, hablan con un residente de la aldea de Orihiv, en el este de Ucrania, durante una entrega de suministros humanitarios a principios de este mes. (Foto: GSR/Chris Herlinger)

"Sí, nos hemos acostumbrado a la guerra y eso es muy poco natural", dijo Murashko y agregó: "Pero no tenemos elección. Tenemos que vivir para sobrevivir. Si vivimos, significa una victoria; la victoria sobre la muerte".

También significa una férrea determinación sobre la causa ucraniana, como lo afirmó una aldeana, Klavdia Paslavska, de 67 años: "Todo lo nuestro debe ser nuestro".

"No nos rendiremos", asevera Diakova Lubov, de 58 años, superviviente de un cáncer y desplazada de un pueblo cercano, quien ahora vive en una residencia para desplazados en Zaporizhzhia, y también recibe otras ayudas de las hermanas de San Basilio. "Esperamos la victoria", expresó.

Un "agujero en el corazón de todos”

La persistente esperanza de que, en última instancia, Ucrania prevalezca en la guerra sigue intacta entre muchos ucranianos que hablaron en entrevistas recientes con Global Sisters Report, algunos de los cuales también fueron entrevistados en 2023.

Pero se reconoce que la guerra ha pasado factura en el último año y que el estancamiento en el frente se deja sentir con intensidad, al igual que la preocupación de que pueda disminuir el apoyo de Occidente, y de Estados Unidos en particular, a la causa ucraniana.

"Esta guerra ha hecho un gran agujero en el corazón de todos", afirma Yanuariya Isyk, una hermana de San Basilio, de 53 años, cuyo ministerio se centra en la capital. "Pero estoy agradecida a los países que aún creen en nosotros", agregó.

"Ha sido un año difícil", reconoció el padre dominico Petro Balog, de 46 años, quien dirige el Instituto de Ciencias Religiosas de Santo Tomás de Aquino en Kiev. "Creo que mucha gente —no toda, pero sí mucha— se siente pesimista en estos momentos", advirtió.

  • Un hombre prepara su bicicleta en el pueblo de Orihiv tras la entrega de artículos humanitarios por parte de un grupo de hermanas visitantes de la congregación de San Basilio el Grande a principios de este mes. (Foto: GSR /Chris Herlinger)

    Un hombre prepara su bicicleta en el pueblo de Orihiv tras la entrega de artículos humanitarios por parte de un grupo de hermanas visitantes de la congregación de San Basilio el Grande a principios de este mes. (Foto: GSR /Chris Herlinger)

  • La Hna. Lucia Murashko dirige la oración de los habitantes del pueblo de Orihiv, en el este de Ucrania, tras una entrega de ayuda humanitaria. (Foto: GSR/Chris Herlinger)

    La Hna. Lucia Murashko dirige la oración de los habitantes del pueblo de Orihiv, en el este de Ucrania, tras una entrega de ayuda humanitaria. (Foto: GSR/Chris Herlinger)

  • Inna Sirinok y su esposo Yurii, a la izquierda, en su casa destruida por los avatares de la guerra —ubicada en el pueblo ucraniano oriental de Preobrazhenkacon—, reciben la visita de las hermanas Lucia Murashko y Romana Hutnyk. (Foto: GSR /Chris Herlinger)

    Inna Sirinok y su esposo Yurii, a la izquierda, en su casa destruida por los avatares de la guerra —ubicada en el pueblo ucraniano oriental de Preobrazhenkacon—, reciben la visita de las hermanas Lucia Murashko y Romana Hutnyk. (Foto: GSR /Chris Herlinger)

  • La Hna. Lucia Murashko, 49 años, izquierda, con Diakova Lubov, en Zaporizhzhia (Ucrania), una desplazada de un pueblo al sur de la ciudad. (Foto: GSR/Chris Herlinger)

    La Hna. Lucia Murashko, 49 años, izquierda, con Diakova Lubov, en Zaporizhzhia (Ucrania), una desplazada de un pueblo al sur de la ciudad. (Foto: GSR/Chris Herlinger)

  • Los miembros de la familia Ouchynnikova: la madre María, de 37 años, a la izquierda, con sus hijas Anastasia, de 8 años, y Sofía, de 16, se han instalado en la ciudad costera de Split (Croacia). Una comunidad de religiosas de la congregación de las Hermanas de la Caridad de Zagreb las aloja en los locales disponibles. En el extremo derecho, la superiora provincial M. Andrijana Mirčeta. (Foto: GSR/Chris Herlinger)

    Los miembros de la familia Ouchynnikova: la madre María, de 37 años, a la izquierda, con sus hijas Anastasia, de 8 años, y Sofía, de 16, se han instalado en la ciudad costera de Split (Croacia). Una comunidad de religiosas de la congregación de las Hermanas de la Caridad de Zagreb las aloja en los locales disponibles. En el extremo derecho, la superiora provincial M. Andrijana Mirčeta. (Foto: GSR/Chris Herlinger)

  • Sor Yanuariya Isyk, izquierda, y sor Anna Andrusiv, derecha, ambas miembros de la Orden de San Basilio el Grande, en una capilla situada en un pequeño apartamento de la capital ucraniana de Kiev (Foto: GSR /Chris Herlinger)

    Sor Yanuariya Isyk, izquierda, y sor Anna Andrusiv, derecha, ambas miembros de la Orden de San Basilio el Grande, en una capilla situada en un pequeño apartamento de la capital ucraniana de Kiev. (Foto: GSR /Chris Herlinger)

La esperanza de que Ucrania pudiera derrotar a las fuerzas rusas e incluso recuperar las fronteras de 1991 que compartía con Rusia tras la caída de la Unión Soviética se está atemperando ahora con el reconocimiento de que, a pesar de la mala actuación inicial de Rusia a principios de 2022, su ejército sigue siendo una fuerza formidable. (Esto fue reconfirmado esta semana por las noticias de una retirada ucraniana de la ciudad oriental de Avdiivka).

Tetiana Stawnychy, presidenta de Cáritas Ucrania, señaló: "La guerra ha pasado por diferentes dinámicas a lo largo de los dos [últimos] años".

"Al principio, fue un shock, y luego hubo esta determinación de hacer todo lo que pudiéramos para responder, una especie de enfoque 'sin remordimientos' para responder a ese enorme número de personas que huían al principio", añadió Stawnychy.

Según datos de Naciones Unidas, a mediados de febrero, 6 479 700 refugiados habían huido de Ucrania a causa de la guerra. Además, según otra estimación, el conflicto ha desplazado a más de 3.6 millones dentro del país.

Tras la crisis inicial, algunas zonas liberadas de la ocupación rusa necesitaron ayuda, explicó Stawnychy. Pero luego vino una "especie de espera de lo que sucedería después, y hubo cierta anticipación de que habría ese movimiento continuado en 2023".

Eso no ocurrió de la manera que muchos habían previsto, dijo, "pero la respuesta humanitaria sigue siendo enorme, [porque] las necesidades siguen siendo enormes". 

La hermana Yanuariya Isyk, miembro de la Orden de San Basilio el Grande, comprueba los suministros destinados a niños y soldados en las zonas de Ucrania devastadas por la guerra, como parte de un esfuerzo de voluntariado que coordina. (Foto: cortesía de Yanuariya Isyk)

La hermana Yanuariya Isyk, miembro de la Orden de San Basilio el Grande, comprueba los suministros destinados a niños y soldados en las zonas de Ucrania devastadas por la guerra, como parte de un esfuerzo de voluntariado que coordina. (Foto: cortesía de Yanuariya Isyk)

Stawnychy citó un informe de las Naciones Unidas que señalaba que hasta 15 millones de ucranianos, aproximadamente el 40 %, necesitan algún tipo de ayuda humanitaria.

Sin una victoria ucraniana en el horizonte inmediato, la situación humanitaria de Ucrania "se ha vuelto aún más extrema", afirmó en un  informe Denise Brown, quien coordina la respuesta de las Naciones Unidas en Ucrania.

"A medida que la guerra asola pueblos y ciudades cercanos a la línea del frente", afirmó Brown, "las necesidades humanitarias en estas zonas están alcanzando niveles catastróficos. La situación no puede mejorar a menos que cese la guerra".

Y añadió: "Comunidades enteras cercanas a la línea del frente están siendo golpeadas a diario, dejando a millones de personas con escasa o nula capacidad para valerse por sí mismas y dependientes de la ayuda humanitaria". 

Según los observadores, todo ello pasa factura.

"No creo que la gente se sienta tan optimista o incluso entusiasmada [con la guerra] como hace uno o dos años", dijo Balog, citando la desilusión con la corrupción del Gobierno como uno de los factores, aunque añadió: "No podemos imaginar un futuro sin victoria". 

Esto se debe a que, ante la evidencia de las acciones de Rusia tanto desde 2022 como en las anexiones en territorio ucraniano desde 2014, a los ucranianos les preocupa la posibilidad de "un nuevo tipo de genocidio", dijo Balog. Esto se basa en el temor de que Rusia quiera eliminar la cultura y la lengua ucranianas.

El padre dominico Petro Balog, director del Instituto de Ciencias Religiosas Santo Tomás de Aquino de Kiev, en su despacho. "Creo que mucha gente —no toda, pero sí mucha— se siente pesimista en estos momentos", dijo en una entrevista reciente. (Foto: GSR /Chris Herlinger)

El padre dominico Petro Balog, director del Instituto de Ciencias Religiosas Santo Tomás de Aquino de Kiev, en su despacho. "Creo que mucha gente —no toda, pero sí mucha— se siente pesimista en estos momentos", dijo en una entrevista reciente. (Foto: GSR /Chris Herlinger) 

No obstante, Balog afirma que cree "en los milagros" y que, en última instancia, Ucrania se impondrá a la dominación rusa, aunque pueden pasar años.

Refugiados en Croacia

Mientras tanto, la llegada de refugiados ha cambiado la faz de muchos países, especialmente los que en su día estuvieron en la órbita de la Unión Soviética.

En Croacia, que formó parte de la antigua Yugoslavia, se cree que más de 22 000 ucranianos habían entrado a finales de 2022, aunque es posible que muchos abandonaran el país en busca de otros destinos, según Stanko Perica, director regional del Servicio Jesuita a Refugiados con sede en Zagreb, la capital croata.

Perica calcula que en Croacia quedan unos 10 000 ucranianos. Tres de ellos son miembros de la familia Ouchynnikova, que se ha instalado en la ciudad costera de Split, aunque, como otros ucranianos en el último año, han empezado a hacer  viajes de corta duración a Ucrania para ver a su familia.

Una comunidad de hermanas pertenecientes a la congregación de las Hermanas de la Caridad de Zagreb —una de las muchas congregaciones de Europa que abrieron sus puertas a los refugiados tras la invasión de 2022— los acoge en el espacio disponible.

María, de 37 años, se marchó con sus hijas Sofía, de 16 años, y Anastasia, de 8, y llegó a Croacia un mes después de que comenzara la invasión a gran escala.

Maxim, marido de María y padre de Sofía y Anastasia, permanece en Járkov, en el noroeste de Ucrania, para seguir trabajando en una fábrica militar. Madre e hijas visitaron a Maxim a finales de 2023 durante dos semanas. Ellas dicen que despedirse y volver a Croacia fue difícil.

La hermana M. Franka Odrljin, en el centro, miembro de las Hermanas de la Caridad de Zagreb (Croacia), con integrantes de la familia Ouchynnikova que se han instalado en la ciudad costera de Split y viven en un espacio del convento facilitado por las hermanas. María, la madre, de 37 años, a la izquierda, con sus hijas Sofía, de 16 años, a la derecha, y Anastasia, de 8 años, en el centro. Odrljin es la directora del ministerio de refugiados de las hermanas en Split. (Foto: GSR /Chris Herlinger) 

La hermana M. Franka Odrljin, en el centro, miembro de las Hermanas de la Caridad de Zagreb (Croacia), con integrantes de la familia Ouchynnikova que se han instalado en la ciudad costera de Split y viven en un espacio del convento facilitado por las hermanas. María, la madre, de 37 años, a la izquierda, con sus hijas Sofía, de 16 años, a la derecha, y Anastasia, de 8 años, en el centro. Odrljin es la directora del ministerio de refugiados de las hermanas en Split. (Foto: GSR /Chris Herlinger) 
 

"Sigue siendo mejor estar aquí. ...Todavía no es realmente seguro estar en Járkov [que a menudo es blanco de los bombardeos rusos]", afirmó María, quien añadió: "Pensábamos que estaríamos aquí dos meses, pero ya han pasado casi dos años".

Las dos hijas van a la escuela y aprenden croata. Sofía ha recibido elogios por su actuación en el equipo de natación del instituto. María, que fue abogada en Ucrania, trabaja como cocinera en un restaurante.

Adaptarse a una nueva vida no ha sido fácil, aunque la familia dice que las hermanas les han acogido con mucho cariño. "Son como una segunda familia", dice María y agrega: "Las queremos mucho".

La superiora provincial, M. Andrijana Mirčeta, de 69 años, y sor Marija Blaga Bunčuga, ex superiora general, de 71, dijeron que cuando la Conferencia Episcopal Croata pidió que las comunidades religiosas del país abrieran sus puertas a los refugiados que llegaban, para ellas significó una decisión fácil de cumplir. La congregación disponía de espacio en su convento Split, y sus miembros rezaron y discernieron que era algo que san Vicente de Paúl, cuyo carisma sigue la congregación, seguramente querría.

Las hermanas dicen que también influyeron sus propias experiencias en la guerra de independencia croata de los años noventa. Ambas vivían entonces en la ciudad de Zadar, azotada por la guerra; Mirčeta ayudó a repartir ayuda a los refugios de desplazados y Bunčuga recuerda atrocidades como cuando una bomba lanzada por los serbios cayó en su convento el 31 de diciembre de 1991. Sin embargo, afortunadamente nadie murió ni resultó herido, porque las hermanas mayores que vivían allí habían sido llevadas a una zona segura el mes anterior.

"Fue una experiencia horrible", dijo sobre el atentado. Recordó que huyó del edificio y añadió que sus pensamientos inmediatos fueron rezar por los enemigos de Croacia. "Eso fue muy importante", aseveró.

Mirčeta dijo que, dadas esas experiencias, no dudaron en ayudar a personas en "situación desesperada".

Añadió que siente que existe una "conexión muy estrecha" entre ellos [los croatas] "y el pueblo ucraniano".

"Luchábamos, y ellos luchan ahora, por la liberación", dijo y añadió: "Así que sabemos lo que es eso".

Esa historia puede explicar por qué los croatas acogieron bien a los ucranianos. Ciertamente, dijo Perica, del Servicio Jesuita a Refugiados, él y los miembros de su personal "están muy contentos con la forma en que los ucranianos fueron y siguen siendo acogidos en la sociedad croata". 

Perica dijo que la acogida es una prueba de que Croacia "podría ayudar a mucha más gente". "Y en la crisis ucraniana, demostramos que estamos preparados y somos capaces de hacerlo", agregó. 

Una mirada al futuro

Si echar la vista atrás a otras guerras europeas forma parte de la historia de los dos últimos años, también lo es mirar hacia el futuro, un futuro que todos esperan que sea más brillante y seguro que el actual.

Algunos ya trabajan para curar las heridas de la sociedad.

Mykola Vouchenko, terapeuta y psicólogo, dirige una organización con sede en Kiev que ayuda a los veteranos ucranianos que regresan al país con trastorno de estrés postraumático y se están adaptando a la vida civil. (Foto: GSR /Chris Herlinger)

Mykola Vouchenko, terapeuta y psicólogo, dirige una organización con sede en Kiev que ayuda a los veteranos ucranianos que regresan al país con trastorno de estrés postraumático y se están adaptando a la vida civil. (Foto: GSR /Chris Herlinger)

Mykola Vouchenko, terapeuta y psicólogo, dirige una organización con sede en Kiev que ayuda a los veteranos que regresan con trastorno de estrés postraumático y se están adaptando a la vida civil. Afirma que esta labor se ampliará en los próximos años con el regreso de un mayor número de veteranos a su vida anterior.

La sociedad ucraniana tiene la oportunidad de "construir un país mejor" acogiendo a los excombatientes "de vuelta del infierno" y creando una atmósfera que les permita convertirse en ciudadanos bien adaptados, afirmó Vouchenko.

"La parte del contrato del soldado era proteger al país", dijo. "Nuestra parte del contrato, la segunda, es ayudarles en su transformación para convertirse en personas de sabiduría", acotó.

Al hacerlo, dijo, los veteranos pueden "ayudarnos a crear un gran, gran país".

Del mismo modo, la Hna. Anna Andrusiv, de 35 años, cuyo ministerio como parte de las Hermanas de San Basilio el Grande se trasladó en 2023 de la ciudad occidental de Lviv a la capital Kiev, dijo que su congregación compró recientemente una residencia de tres pisos en el noroeste de Kiev con la esperanza de convertirla en un monasterio para las hermanas, y también en un centro de rehabilitación de heridos y un centro para soldados y sus familias, especialmente niños.

Sor Anna Andrusiv, de 35 años, cuyo ministerio como hermana de San Basilio el Grande se trasladó recientemente desde la ciudad occidental de Lviv (Ucrania) hasta la capital Kiev, específicamente a una residencia de tres plantas que su congregación adquirió con la esperanza de convertirla en un monasterio para las hermanas, pero también en un centro de rehabilitación para heridos y un centro para soldados y sus familias, especialmente niños. (Foto: GSR /Chris Herlinger)

Sor Anna Andrusiv, de 35 años, cuyo ministerio como hermana de San Basilio el Grande se trasladó recientemente desde la ciudad occidental de Lviv (Ucrania) hasta la capital Kiev, específicamente a una residencia de tres plantas que su congregación adquirió con la esperanza de convertirla en un monasterio para las hermanas, pero también en un centro de rehabilitación para heridos y un centro para soldados y sus familias, especialmente niños. (Foto: GSR /Chris Herlinger)

El centro estará abierto a todos los que busquen consuelo espiritual. "Ya sabemos que esto es necesario para todos los que sufren traumas", dijo.

El componente espiritual es muy importante, explicaron Andrusiv e Isyk en una entrevista en un pequeño apartamento que sirve de monasterio urbano a varias hermanas de San Basilio.

Por su parte, Isyk ha continuado su ministerio coordinando los esfuerzos de los voluntarios para enviar suministros a los soldados y a los niños que viven cerca del frente en el este de Ucrania. Pero le preocupa que el país pueda estar perdiendo de vista su orientación espiritual a medida que se prolonga la guerra.

Isyk asegura que la gente era más "profundamente orante" en el primer año de la guerra. Pero le decepciona que esa disciplina parezca estar disminuyendo entre muchos ucranianos. Por ejemplo, ella ve menos interés en el grupo de oración que dirige, en donde la asistencia ha disminuido.

"Ojalá la gente volviera a Dios", dijo.

La Orden de San Basilio el Grande adquirió recientemente esta residencia de tres plantas en el noroeste de Kiev (Ucrania), con la esperanza de convertirla en un monasterio para las hermanas, pero también en un centro de rehabilitación para heridos y un centro para soldados y sus familias, especialmente niños. Delante de la residencia, la superiora sor Magdalyna Vytvytska. (Foto: GSR /Chris Herlinger)

La Orden de San Basilio el Grande adquirió recientemente esta residencia de tres plantas en el noroeste de Kiev (Ucrania), con la esperanza de convertirla en un monasterio para las hermanas, pero también en un centro de rehabilitación para heridos y un centro para soldados y sus familias, especialmente niños. Delante de la residencia, la superiora sor Magdalyna Vytvytska. (Foto: GSR /Chris Herlinger)

Demasiado para soportar

En Preobrazhenka, los pensamientos se vuelven hacia Dios, pero también se mezclan con las realidades terrenales de la supervivencia y el miedo. Mientras continúan los bombardeos diarios, familias como la de los Sirinok se preguntan qué les deparará el futuro.

Su consuelo proviene de los encuentros regulares con las hermanas de San Basilio, cuyos abrazos, dicen los aldeanos, son en cierto modo más importantes que la ayuda que traen. En esos encuentros, las cargas de la vida se alivian, aunque solo sea por un momento.

Aun así, los habitantes del pueblo reconocen que a veces las condiciones pueden ser demasiado difíciles de soportar.

En la casa que Inna Sirinok y su marido han abandonado, Inna señala a las hermanas el estado en que se encuentra el edificio: zonas de estar en ruinas, cubiertas de fragmentos de cristales de ventanas y muebles destrozados.

Hablaba con ansiedad mientras describía la difícil situación de la pareja.

"Sinceramente, no tenemos fuerzas para recuperarnos", dijo Sirinok por los daños tan considerables sufridos por la casa. "Queremos volver", manifestó y agregó: "Pero no sabemos cómo ni cuándo".

"Tenemos que empezar de nuevo", añadió Yurii. "No tenemos fuerzas. Somos mayores", apuntó.

Una de las muchas casas dañadas en la aldea ucraniana oriental de Preobrazhenka (Foto: GSR /Chris Herlinger)

Una de las muchas casas dañadas en la aldea ucraniana oriental de Preobrazhenka (Foto: GSR /Chris Herlinger)

Stawnychy, de Cáritas, señala que en Ucrania una de las piedras angulares de la red de seguridad familiar es la vivienda en propiedad, ya sea en una ciudad o en un pueblo como Preobrazhenka.

Puede que haya unos dos millones de hogares destruidos en Ucrania en estos momentos, afirmó. "Es un número enorme de personas cuya red de seguridad ha sido de algún modo atacada o arrancada de cuajo", explicó.

Esos son los costes físicos. Pero hay otros peajes, algunos de ellos indescriptiblemente trágicos, como el del vecino de los Sirinok, quien murió tras entrar en pánico y sufrir una sobredosis accidental de ansiolíticos.

"Estas historias son una parte de los horrores que hay aquí", dijo Inna.

Sin embargo, Inna sigue impartiendo clases en línea a alumnos de primer curso, entre ellos tres con necesidades especiales; y el amor que se profesa la pareja y su fe en Dios, así como el apoyo incondicional de sus vecinos, la sostienen.

Y las hermanas visitantes.

Aquella tarde, en Preobrazhenka, los bombardeos se hicieron más intensos a medida que arreciaba el viento, pero los aldeanos parecían tomárselo con calma.

"Siempre rezamos", dijo Inna, "y confiamos en Dios".

Nota: Este artículo fue publicado originalmente en inglés el 22 de febrero de 2024. 

This story appears in the War in Ukraine feature series. View the full series.

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