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Hace cinco años, con inmensa alegría e ilusión, recibimos la noticia de la publicación de la encíclica papal, Laudato Si, dedicada al medio ambiente. Por fin, un líder espiritual respetado y escuchado en todo el mundo, comprendía lo que los pueblos indígenas habíamos estado tratando de explicar sin ser entendidos.

Laudato Si sacó a la luz la importancia de cuidar la naturaleza, de respetar la tierra y sus ecosistemas; reconoció nuestras culturas milenarias y su conocimiento ancestral. Para nuestros pueblos significó que, al fin, alguien con gran influencia había comprendido esas verdades eternas. Validó que todos compartimos un mismo espacio y debemos cuestionar el consumismo que destruye y viola los derechos humanos, los derechos de la naturaleza y los de nuestra gente.

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Laudato Si' validates centuries of indigenous knowledge to defend nature

Para muchos pueblos fue necesario entender profundamente que, al destruir la naturaleza y la vida, de la que somos parte inseparable, destruimos nuestra casa común. Quizás esto sea un nuevo concepto para muchos; para nosotros, que hemos estado trayendo este problema a la luz desde siempre, ratificó nuestras luchas centenarias por defender la vida en el planeta y los lugares sagrados como seres vivientes, que son los ecosistemas en todo el mundo.

Desde su publicación, la reacción a la encíclica ha sido lenta, aun dentro de la misma Iglesia católica. Para los pueblos originarios siempre ha sido muy claro que, como católicos, debemos aceptar antes de que sea demasiado tarde que nuestro hábitat forma parte de la creación divina y es, por lo tanto, sagrado, como lo ha sido siempre para el pueblo Sarayaku, del que formo parte, y donde la selva viviente (Kawsak Sacha) es sagrada. Y como una entidad, cuenta con derechos.

No obstante, las industrias extractivas y la gran mayoría de los gobiernos parecieran no comprender nada y continúan perpetuando un modelo mezquino que contamina y depreda la naturaleza, genera inequidad social y apoya la cultura del descarte. Los foros y acuerdos mundiales han dado un paso atrás, perdiendo algunos de los logros alcanzados anteriormente. Sabemos que aquellos que invierten en la extracción de petróleo, minería, industrias madereras, hidroeléctricas, carbón y agroindustrias, entre otras, han puesto siempre sus propios intereses económicos por encima de los derechos humanos fundamentales tales como la vida, el agua, el aire, la tierra o un ambiente sano donde nuestros niños puedan crecer y los ancianos envejecer sin enfermar o morir.

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Los miembros de la comunidad local muestran la contaminación por petróleo crudo que se deja en los pozos de petróleo abiertos nunca remediados por las compañías petroleras estadounidenses, en Lago Agrio en Ecuador en esta imagen tomada en mayo de 2019.
Los miembros de la comunidad local muestran la contaminación por petróleo crudo que se deja en los pozos de petróleo abiertos nunca remediados por las compañías petroleras estadounidenses, en Lago Agrio en Ecuador en esta imagen tomada en mayo de 2019. (Stand.earth via Reuters/Tyson Miller)

Ni siquiera una pandemia como la actual los hace reflexionar. Valúan el dinero por encima de las vidas, ya que continúan avanzando en la frontera extractiva contando con el respaldo de gobiernos y ejércitos, destrozando irreparablemente la biodiversidad. La mayoría de estas acciones aceleran un desequilibrio ecológico y climático muy visible que genera consecuencias graves en muchos lugares y que todos vemos y padecemos. La degradación social y la pobreza extrema en ciertas áreas tales como nuestra tierra, donde se produce la extracción de recursos, promueven y aceleran este proceso.

Vemos también que la tecnología de punta ha fracasado. Un ejemplo es el caso de Ecuador, donde la reciente rotura de los oleoductos que transportan millones de barriles de petróleo ha causado derrames en ríos importantes como el Napo y otros afluentes directos del Río Amazonas. Este tipo de contaminación ha tenido consecuencias graves y secuelas importantes en la ictiofauna y la salud de hombres, mujeres, niños y ancianos en cientos de comunidades que viven en las riberas de los ríos afectados. A todo esto, se suman las grandes inundaciones que acabamos de padecer, nunca vistas, y que han arrasado con comunidades completas. El impacto es tan obvio en todo sentido que no podemos comprender cómo se lo puede seguir ignorando.

A pesar de tanto, la repercusión de Laudato Si en muchas partes del mundo es muy importante para nuestros pueblos y también para la vida el ser humano como un todo. El papa Francisco ha impulsado y apoyado a las instituciones eclesiásticas para que se comprometan, por fin e incondicionalmente, a hacerse cargo del cuidado de nuestra casa común y apoyar los procesos para preservar la naturaleza y sus territorios. Con este fin se han llevado a cabo varias reuniones y creado reflexiones al respecto.

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La autora Patricia Gualinga asiste a una conferencia de prensa para discutir el Sínodo de los Obispos para la Amazonía en el Vaticano, 17 de octubre de 2019. (CNS/Paul Haring)
La autora Patricia Gualinga asiste a una conferencia de prensa para discutir el Sínodo de los Obispos para la Amazonía en el Vaticano, 17 de octubre de 2019. (CNS/Paul Haring)

Se podría afirmar que, actualmente, uno de los resultados directos de esta encíclica es el Sínodo Amazónicoque tuvo lugar en Roma en octubre del año pasado. El sínodo ofreció a nuestros pueblos la oportunidad de ser escuchados finalmente y de trabajar directamente en la situación actual de la Amazonia y su fragilidad; la oportunidad de actuar y, sobre todo, de ser conscientes del papel que debe asumir la Iglesia en este territorio diverso, trabajando con distintos pueblos y culturas. 

Debemos ser una Iglesia que reacciona con fuerza, y no de manera débil o para salvar las apariencias. Se convierte así en una aliada, una amiga, una institución eclesiástica que camina al lado de aquellos que luchan por preservar la naturaleza. Esto fue algo nuevo para todos y un gran paso adelante por parte de la Iglesia.

Si se mantiene este apoyo, los pueblos indígenas tendremos la posibilidad maravillosa y única de poder contar con una aliada incomparable en nuestra lucha por defender la vida. El documento final y las decisiones tomadas en Roma han definido nuestro plan para trabajar vigorosamente para implementar esta iniciativa en nuestro territorio, que es una labor de gran responsabilidad, pero necesaria en un contexto urgente que nos amenaza a todos.

A pesar de tratarse de una situación compleja, pareciera que la ciudadanía global está empezando a reaccionar, si bien en forma débil y lenta. La encíclica también ha servido como ejemplo en varios espacios y lugares, convirtiéndose en un instrumento que puede utilizarse como argumento; una herramienta válida para todos en la defensa de la naturaleza, para cuestionar la relación entre el hombre y la creación y reflexionar sobre los aspectos fundamentales de la vida, que nos incluye a todos. Por primera vez pareciera que todos estamos de acuerdo en que la creación es sagrada: científicos, sabios indígenas, y la institución eclesial por medio del papa Francisco.

En este contexto, la juventud es nuestra mayor esperanza. A lo largo de estos cinco años, las voces de muchos jóvenes provenientes de distintos rincones del mundo han emergido para cuestionar a gobiernos y empresas con una conciencia, carisma y entendimiento dignos de admiración. Están bien informados y presentan argumentos sólidos sobre el futuro. Son la nueva generación a quien entregaremos el relevo; la generación que ha tomado conciencia sobre el planeta que heredará y que reconoce que todo esfuerzo en esta dirección es válido ya que se trata de nuestra supervivencia. Tal vez no todos hayan leído Laudato Si, pero todos coinciden en que deben luchar por este futuro, por ellos y por todos.

Hemos sido testigos de los resultados de la encíclica en el trabajo arduo realizado por la Red Eclesial Pan-Amazónica, que ha acompañado nuestra lucha, denunciado inequidades y violaciones de los derechos humanos, de los derechos de la naturaleza, y de los pueblos de la Amazonia. Otro paso adelante ha sido la celebración del Sínodo Amazónico, una iniciativa con un largo camino por recorrer y un trabajo de gran responsabilidad para implementar las pautas marcadas por el sínodo en estos territorios delicados.

En un contexto tan complejo como el que vivimos, Laudato Si llegó después de siglos de espera para apoyar y reforzar las luchas de nuestros pueblos en nombre de nuestras selvas, de las que formamos parte como si fuéramos un solo ser.

[Patricia Gualinga defiende los derechos de los indígenas y es líder de la comunidad indígena Kichwa de Sarayaku, Ecuador.]